Sinore, autorretrato
Sinore. Autorretrato
A mi madre le gustaba contar que cuando nací el 2 de marzo de 1965, desde la radio de la salita se oían las bombas que los americanos tiraban en un país muy lejano. Ese país se llamaba Vietnam como me enteré más adelante, pero en Villanueva de los infantes a casi nadie le importaba. De lo que mi madre se sentía orgullosa, es que a mí no me asustaban ni las bombas de mano, como ella decía.
Me llamo María Jesús Martín Izquierdo, pero en mi pueblo y también en el mundo artístico en que me muevo, me conocen como Sinore. Me crié en la finca de los marqueses de la Mota, donde mis padres trabajaban como guardeses. Desde muy pequeña jugaba con la arena, haciendo dibujos en el jardín de la finca y cuando fui a la escuela de Villanueva, los colores pasaron de ser un juego a una pasión que daría sentido a mi vida. A mis padres les gustaba ese don que tenía y hacían lo posible por estimular lo que ellos creían que algún día me alejaría del mundo rural en el que vivíamos.
En la escuela era bastante mandona, líder como dicen ahora, hasta que pasó lo de Jamona. Tenía diez años cuando, jugando con ella perdí mi oreja derecha. La enorme cerda me la arrancó de un mordisco, un exceso de protección matriarcal hacia sus lechones. Después de eso en el pueblo empezaron a llamarme Sin Ore y desde entonces me volví bastante meditabunda. Empecé a dibujarme, los ojos rasgados que tengo hacen que parezca oriental, vietnamita como decía mi profesora de dibujo. Los entendidos dijeron que me había refugiado en la pintura y que ya a esa edad, expresaba a través de esta, mi mundo espiritual.
Cuando tenía quince años, llegó a la finca de los marqueses Enrique Camuñas, inversor en obras de arte. En aquel tiempo lo pintaba todo, hasta los muros de mi casa. Así fue como Enrique me descubrió. Se convirtió en mi mecenas. Poco tuvo que insistir a mis padres cuando les habló de la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Enrique, importante empresario de la capital, se hizo cargo de los gastos, llevándose como adelanto de pago tres acuarelas, entre ellas una de Jamona, se la regalé encantada.
El día en que junto con mi madre me trasladé a Madrid, en el autocar en que viajábamos, el silencio fue roto por los disparos del teniente Coronel Tejero y sus secuaces al asaltar el Congreso de los Diputados. La radio llevó el asalto al autobús y a los hogares de toda España. Tenía quince años. Era el 23 de febrero de 1981. Recuerdo el miedo de los viajeros que en silencio escuchaban las noticias, y el de mi madre. Esa noche, “la noche de los transistores”, dormí por primera vez en la Pensión de Teresa Ríos en la calle Blasco de Garay de Madrid.
La casa de Teresa fue mi casa. Le encantaba posar para mí, también a los huéspedes que allí vivían. Decían los críticos que Sinore expresaba su esfera emotiva en las composiciones y que ofrecía una visión grotesca de sí misma utilizando un color violento en todas las obras de esa época. Puede ser, lo que siempre hacía a esa edad era colocar mi melena, de la que me sentía muy orgullosa, ocultando el lado dañado de mi cara.
La primera visita que hice en Madrid fue al Prado. El Guernica acababa de llegar a la ciudad donde nunca se había exhibido, aunque a mí me gustaba Picasso en su primera etapa.
Llevaba en Madrid algo más de un año cuando conocí a Jacobo, todavía no había cumplido los 18. Fue la noche del 28 de Octubre de 1982. Nos reunimos un grupo de amigos de la escuela para ir al último mitin que el PSOE daba en el paraninfo de la Complutense, antes de las elecciones al parlamento, allí nos presentaron. Un partido de izquierda iba a ganar las elecciones después de que el país había sido gobernado durante cerca de cuarenta y seis años la mayor parte de ellos en dictadura. Una gran multitud cantamos, junto con Miguel Ríos uno de los teloneros del mitin, la canción “Bienvenidos”, adaptada a propósito para el momento que se estaba viviendo. Nos dejamos llevar por el ambiente de inocente euforia que se vivía y concretamente esa noche Jacobo y yo acabamos cuando ya amanecía, en su cama. Una semana después recibí una postal desde Venezuela, era de Jacobo, nunca lo volví a ver. Me contaba que había salido al día siguiente de nuestro encuentro hacia Caracas, donde iba a permanecer dos años empleado en una explotación agraria. Sabía que había terminado una ingeniería y poco más. Recuerdo el gran olmo del paseo de la Complutense donde apoyados sobre su tronco nos besamos, el olor a Legrain de su piel y sus caricias en el lado deforme de mí cara.
En 1985 expuse por vez primera junto con Alberto García Alix, Carmen Muruve y Amparo Berenguer en la Galería Pepa Rondó de la Calle Lagasca. Sinore fue considerada como una valiente pintora, que expresaba a través de la deformación y caricaturización de las figuras su propia angustia. Me solté la melena, dejé lucir el lado derecho de mi cara, ya no era una caricatura y empezó a gustarme.
Tres años después fui a París para ampliar estudios. Allí conocí al que fue mi marido, el pintor Pedro Baró. Estuve 12 años en Francia. Dijeron que mi obra perdió la fuerza que la había caracterizado. Es cierto que en Francia perdí la pasión con la que hasta ese momento había pintado. Añoraba España, los paisajes de mi tierra y Madrid. Me separé de Pedro y volví a la buhardilla de la Plaza de la Paja en el barrio de La Latina, donde todavía vivo.
En el año 2001 un mes después del atentado a las torres gemelas, mi marchante consideró que debía ser conocida al otro lado del océano, por lo que colgué mis cuadros en la sala de exposiciones del Instituto Cervantes de Nueva York. Obtuve bastante notoriedad, aparecí en la primera página del New York Times sobre un epígrafe que decía: El miedo nos lleva a este tipo de actuaciones. En la fotografía se me veía forcejeando con un policía que desconfió de mi aspecto. En las dependencias policiales, les aclaré que no era árabe y que la oreja me la había comido una cerda en mi pueblo. Al cabo de tres horas me soltaron disculpándose por el error cometido.
Ahora pinto personajes de la alta sociedad madrileña, lo que me permite vivir con holgura y pienso que he vuelto a la infancia por la necesidad que tengo de pintar los paisajes de mi tierra, negros y sombríos encinares que me gusta iluminar con un cielo resplandeciente como los que daban vida a los muros de la casa de mis padres. Dicen que Sinore ha dado un giro radical a su obra donde ahora, el mundo de los sueños está presente en todas sus creaciones.
Me gusta como vivo. Soy luchadora como la tierra en que nací que sale adelante con lo poco que tiene. Es otoño y como cada año, cuando las acacias de la calle pierden sus hojas, recuerdo la noche de Octubre en que conocí a Jacobo en la ciudad universitaria. Hoy 25 años después tengo una cita con él frente al teatro de La Latina, en mi barrio. Nos puso en contacto un primo mío. Quién me iba a decir que Jacobo acabaría criando cerdos en mi pueblo.
Aurora Cameselle.
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