La autostopista

La autostopista

 

A Concha, Natalia, Cuca y Denís

 

Salió del pueblo por un callejón que comunicaba la calle Mayor, donde sus padres tenían una farmacia, con la carretera general.  Los quince  kilómetros que separaban  la localidad donde vivía de la ciudad, no suponían un freno para ella a pesar de la escasez de transporte público. Se alejó un trecho que consideró suficiente, examinó su indumentaria compuesta por vaqueros ajustados, camiseta negra y coleta de caballo impecable. Miró hacia el pueblo comprobando que estaba sola y dispuso su larga y delgada presencia en el arcén, dispuesta para como en otras ocasiones, subir al primer vehículo que la acercara a la ciudad. Allí se encontraba con la vida, con los amigos que había conseguido en su reciente acceso a la universidad y se alejaba por unas horas, de lo previsible, de la aburrida película que había visto tantas veces. Le tocó un conductor animado que llevaba una cinta de la “Creedence” a todo volumen.  Entre cantos  en un visto y no visto,  la situó en la Plaza de la Reconquista donde se reunía a esa hora el grupo de clase.

Los vinos hicieron elevar  el tono de las conversaciones. Pronto, el bar se convirtió en una expansión alborotada por parte de aquellos jóvenes  que atestaban un local dispuesto a reventar de gozo por sus grietas.  Una mano en la cintura le advirtió de  una presencia distinta, parecía imposible que alguien más hubiera podido acercarse hasta la barra. Al volverse vio al de la “Creedence”, de su boca salían palabras que apenas  oía.  Ojos grises como las nubes que amenazaban con desplomarse sobre el mugriento local se hundieron en los suyos. Una pequeña avalancha los unió un poco más y  sintió unos labios rozando su cuello. Se ruborizó al sentir una ola de calor sobre su pecho y propició un discreto alejamiento en  lo posible, dentro de aquella aglomeración. Otra ronda pagada por el piloto facilitó su proximidad a la pandilla y como si fuera uno más, cantó con  el  grupo,  “satisfaction”  que en  ese momento atronaba a los que allí bebían.

 

Te llevo, coleta.

Sí, sí, porque va a caer una…

Apenas terminada la frase, el cielo se desplomó sobre los dos muchachos. Empapados y con la  calefacción al máximo, entraron en el pueblo.

¡Jimena!   ¿Has llegado?

Se oyó desde abajo.

Si mamá ya estoy en casa.

En el fallado, del  gran armario donde quedaban restos de los enseres que la abuela trajo de Cuba, en el que  Jimena se escondía para jugar cuando era niña, sacó  una gran toalla blanca con la que  se secaron. Allí nació el primer amor de su vida, ese que se cobija en el desván de la memoria.

 

Enero 2015

Aurora Cameselle

 

 

 

 

  

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