Cara de ángel
Al mirarla tumbada a su lado, Willy no se explicaba cómo había podido ligar con ella. Era casi transparente, su piel tan suave que temía hacerle daño al acariciarla. Sabía tan dulce como un cubata, y las dos estrellitas tatuadas en el cuello le daban un aire duro a su cara de ángel. Dormía tan plácidamente que parecía no respirar, Sintiéndose narcotizado por su olor que le recordaba a tierra mojada, se quedó dormido.
Despertó cuando empezaba a amanecer. Alargando los brazos alcanzó los extremos de la cama; palpando con las manos comprobó que estaba solo, la chica lo había abandonado.
- Habré soñado, ayer me pasé con las copas - murmuró.
El agua fría en el estómago le produjo una arcada. Al mirarse en el espejo del cuarto de baño comprobó que estaba pálido, casi blanco. Volvió a la cama prometiendo controlar la bebida en el futuro.
Se despertó a las doce de la noche extrañado por haber dormido dieciocho horas seguidas. Arrastrando los pies llegó a la ventana del dormitorio, desde donde divisaba la calle solitaria. El pavimento, iluminado por la luz de un cine cercano, brillaba bajo la lluvia. Su edificio parecía haber sido evacuado, y los amigos se habían sumado a la multitud de personas que abandonaban la ciudad en el puente de primeros de noviembre. Pensó en salir a tomar unas copas pero estaba tan débil que abandonó la idea. Un fuerte golpe en la ventana le hizo retroceder. Asustado, creyó ver un pájaro enorme que había chocado contra el cristal de la ventana. Bajó la persiana, pisó un zapato y tambaleándose fue a cobijarse en la cama, donde lentamente se sumió en un estado de profunda somnolencia, desde la que creyó sentir unos pasos a su alrededor. Intentó abrir los ojos pero los párpados le pesaban como dos losas. Sintió frío, un frío sepulcral y antes de perder la conciencia, le pareció oír un aleteo al otro lado de la ventana.
Al día siguiente, ya entrada la noche, se despertó en la habitación de un hospital al que lo habían trasladado con urgencia. Su madre le había rescatado de una muerte segura al presentarse en su casa, alarmada al no responder a sus llamadas. Una bolsa de sangre conectada a la vena de su brazo derecho lo devolvía lentamente a la vida. Los médicos no encontraron explicación a la anemia perniciosa que se había presentado de forma fulminante.
Willy, cobijado bajo las sábanas blancas de la cama de la habitación del hospital, oyó un aleteo lejano. Recordó a la chica, su olor, y se sumió en un largo y profundo sueño.
Aurora Cameselle
Enero 2008
Despertó cuando empezaba a amanecer. Alargando los brazos alcanzó los extremos de la cama; palpando con las manos comprobó que estaba solo, la chica lo había abandonado.
- Habré soñado, ayer me pasé con las copas - murmuró.
El agua fría en el estómago le produjo una arcada. Al mirarse en el espejo del cuarto de baño comprobó que estaba pálido, casi blanco. Volvió a la cama prometiendo controlar la bebida en el futuro.
Se despertó a las doce de la noche extrañado por haber dormido dieciocho horas seguidas. Arrastrando los pies llegó a la ventana del dormitorio, desde donde divisaba la calle solitaria. El pavimento, iluminado por la luz de un cine cercano, brillaba bajo la lluvia. Su edificio parecía haber sido evacuado, y los amigos se habían sumado a la multitud de personas que abandonaban la ciudad en el puente de primeros de noviembre. Pensó en salir a tomar unas copas pero estaba tan débil que abandonó la idea. Un fuerte golpe en la ventana le hizo retroceder. Asustado, creyó ver un pájaro enorme que había chocado contra el cristal de la ventana. Bajó la persiana, pisó un zapato y tambaleándose fue a cobijarse en la cama, donde lentamente se sumió en un estado de profunda somnolencia, desde la que creyó sentir unos pasos a su alrededor. Intentó abrir los ojos pero los párpados le pesaban como dos losas. Sintió frío, un frío sepulcral y antes de perder la conciencia, le pareció oír un aleteo al otro lado de la ventana.
Al día siguiente, ya entrada la noche, se despertó en la habitación de un hospital al que lo habían trasladado con urgencia. Su madre le había rescatado de una muerte segura al presentarse en su casa, alarmada al no responder a sus llamadas. Una bolsa de sangre conectada a la vena de su brazo derecho lo devolvía lentamente a la vida. Los médicos no encontraron explicación a la anemia perniciosa que se había presentado de forma fulminante.
Willy, cobijado bajo las sábanas blancas de la cama de la habitación del hospital, oyó un aleteo lejano. Recordó a la chica, su olor, y se sumió en un largo y profundo sueño.
Aurora Cameselle
Enero 2008
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